martes, 25 de julio de 2017

POEMA DE MARÍA TERESA DE VEGA

Hölderlin

Pero ¿quién es ese dios, tus dioses o tu dios?
Por dónde el rastro de su iris:
ese cordel en que colgados
lucen pámpanos y zarcillos de la vid,
las aves que otean minuciosas desde ramas
espectrales en los inviernos crudos,
las plumas de los pájaros que trepan por el viento
y nos dicen adiós, muchachos, hasta nunca,
las pleamares de soberbia, los crecientes abismos
en cuyo fondo saurios hinchados y ventrudos
duermen,
las calles sin salida, las primaveras tan marchitas
como cualquiera de sus pétalos al caer, rendidos.

Dices que no oímos a los dioses porque no sabemos escuchar.
Pero sí oímos a veces al sepulcro que nos llama,
su voz brumosa desde el camposanto solitario,
con las puertas de las tumbas que hacia abajo se abren.

A la intemperie el lecho para el dios ausente.

Quizás su oído, sobre los labios que fueron
del amor, se acerque a respirar su aliento:
humareda de los besos hundidos que se pudren

sin memoria del fuego.

María Teresa de vega


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